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¿Quién es

sonia

Budassi?

Apache

En busca de Carlos Tevez

Sonia Budassi nos sumerge en el fútbol como nunca antes un cronista lo hizo: con la pasión de la mujer fan. Persigue a su chico hasta retratarlo con el aura con el que sólo el pop recubre a los ídolos, y se embarra en una cancha llena de obstáculos. Por eso esta crónica es un cuento y una nouvelle, un perfil y una confesión, una entrevista y una fotografía. Todo lo usa la cronista que juega a dos puntas: estoica e intrépida. Estoica ante el vaivén machista que la acorrala contra las vallas de seguridad e intrépida para conseguir el acceso alterno al mundo chongo que se abre a pocos pasos de su tapado de lana y sus botas blancas, apenas más allá de la tv. El juego de la autora pinta con trazos efusivos la deriva del producto de mercado que es Carlos Tévez, y al mismo tiempo un universo de lealtad masculina al que en lugar de mirar con desprecio, desgrana impiadosa y divertida. Los pasos de Budassi en el mundo del fútbol son los de la extranjera espía que activa el personaje para la ocasión, y luego escribe informes desopilantes que no lanzará a Control ni a Kaos, sino a los lectores afortunados de su plan.

Cristian Alarcón


A esta altura, ya podemos decir que Sonia Budassi es una especialista en figuritas difíciles. Pero no lo es desde el lugar de la especialista que viene a recitarnos la moralina de que con paciencia y talento se logra finalmente dar con lo buscado, no lo es desde el lugar de la abnegada que espera, sino del de la escritora que sabe hacer de cada negativa de figuritas mareadas por sus egos un ángulo perfecto para diseñar la emboscada final. En Apache, por ejemplo, las evasivas y postergaciones de la entrevista prometida por Tevez, lejos de generar obturación, van revelando una trama de la que participan el marketing de lo marginal, la idealización reaccionaria de la familia y el barrio, la prepotencia, el patrioterismo, la complicidad del fútbol con el capital financiero y sus planes destructivos. Como resultado, cuando el ídolo se digna a conceder la palabra, no es que el lector lo mire con ojos de moralista acusador por saberlo partícipe, sino que lo mira como a una pieza menor en una trama que lo supera. El logro de Sonia Budassi, entonces, no está en conseguir el testimonio de la figurita difícil sino en el de colocarla, a fuerza de pericia narrativa, en el lugar de mero detalle que le corresponde. 

                            

María Sonia Cristoff

Leé un adelanto de apache:

2007 – 2008. Gira Piolavago.

Lo dejamos con balizas

 

La ciudad de Salto, al norte de la provincia de Buenos Aires, tiene 24.000 habitantes y una sola bailanta: la del club Defensores. Es el año 2008, es sábado, es la primera vez que Piolavago visita ese lugar y la “cantina”, como la llaman, está a pleno. Lucas está un poco ansioso, no es que sea fanático de la banda pero cada vez que vienen a tocar grupos “conocidos” a él le gusta estar. Trabaja en una fábrica y gente que lo quiere lo define como “bailantero, futbolero, motoquero de moto grande y panza de gran tomador de birras; un fenómeno”. El show estaba anunciado para la una y media, pero ya son casi las tres y nada.

Uno de los encargados del boliche sabe que algunos de los Piolavago vinieron en una combi que ya llegó y que, los otros seis, venían en un C4 del que aún no tienen noticias. Digamos que uno de los encargados de la cantina prefiere no dar su nombre; digámosle Jota. Jota es amigo de Lucas.

A las 3 de la mañana, suena su teléfono. Lo llama uno de los seis chicos que viaja en el C4 para contarle que están a la altura de Carmen de Arecco, a unos 40 km de Salto; que el auto se les quedó, que no pueden seguir. Jota dice que ya mismo va a buscarlos.

La situación ruta de noche es universal. Un auto al costado del camino da la misma sensación de desprotección en una autopista, en una vía nacional o provincial, en un asfalto de simple mano y angosto, en una huella de tierra que te lleva a un campito en la Pampa o en una super carretera de canción de rock que pasan por MTV en el desierto de Arizona. Cuando Jota llega al lugar que le indicaron –ruta provincial– distingue al C4 al costado de la ruta y escucha un reguetón que retumba y, es obvio, la música sale de ahí: no hay nada más alrededor. Es una noche oscura. En las rutas del interior de la provincia en general no hay nada más que la ruta; por ahí algún árbol, alambrados bordeando la banquina; quizás hay vacas u ovejas; girasoles, aguiluchos o cotorras según la zona pero siempre es la misma variopinta desolación.

La imagen del vehículo averiado con jóvenes alegres y música festiva al costado del camino de madrugada convoca el imaginario morboso y pop: la secuencia del asesino serial. Los gestos de amigos que se ríen, el movimiento sonso del grupo, de uno que está en el asiento de atrás y le pega al que está adelante por un chiste; el juego desafiante del que maneja y mira un poco sobrando por el espejo retrovisor al que está atrás, la pelea contenida por el humor y la confianza, las gastadas que van cambiando de objeto, es decir de amigo en amigo y las canciones cantadas a coro por todos los que van a 190 km por hora –como iban ellos según Jota– y también las preguntas y las hipótesis compartidas de quienes serán las personas y los lugares con los que encontrarán cuando lleguen a tocar. Así están los Piolavago en el auto. Cuando Jota se acerca al C4 podría imaginar que toda la escena habilita a pensar una historia truculenta y que él podría ser otro; un personaje de película y, esta historia, no la de un rescate, sino un relato sobre la pérdida de la ingenuidad, sobre el castigo a la fiesta adolescente según el manual típico de película de terror.

Pero cuando Jota se acerca lo suficiente no piensa en eso: ve que, como le habían dicho, la llanta de adelante está reventada. Pero se sorprende cuando, no le habían dicho, del lado del conductor, con un pantalón pescador y remera ancha, baja Carlos Tevez. No lo esperaba él, ni ninguno de la cantina del Defensores.

Pocos días atrás, Tevez estaba en Inglaterra, jugando en el United. Tuvo una lesión y no iba a poder estar en el siguiente partido. Así que aprovechó para tomarse un avión a Buenos Aires y a último momento decidió unirse a la gira.

Pero más se sorprendió Jota cuando comprobó que el C4 no tenía rueda de auxilio ni gato, pero tenía un equipo de música montado impresionante; muy luminoso además.

—Vamos a tener que ir a una gomería. Mi rueda de auxilio no sirve para este coche.

—No, no, llevame al baile, no te hagas problema, lo dejamos acá, le ponemos las balizas y listo— dijo Tevez.

—¿Vos tenés idea lo que es dejar un C4 acá? Cuando vuelvas no vas a tener nada.

—No, pero la gente está esperando... dale, lo dejamos con balizas.

Jota convenció a Carlos de que lo mejor era mover a la gomería. Fue con él a buscar al gomero de Carmen de Arecco mientras los otros esperaban.

—Lo despertamos, el chabón nos abrió porque le dije que estaba con Tévez, que si no, acá a esa hora no te da bola nadie. Pero imaginate que esos C4 no sé, tienen llantas de 20, mi auxilio es del común, de 15 ponele, no quedaba otra.

Cuando el dueño de la gomería dijo cuánto iba a costar, Tévez se puso las manos en los bolsillos...y dijo:

—No tengo plata.

Jota remarca:

—¡No tenía nada de plata en el bolsillo, el chabón!

Tévez se excusó:

—Es que salí así de raje así nomás, no pensaba que iba a venir yo.

—Yo te presto, todo bien— le dijo Jota, y le pagó al gomero.

Lucas está cansado de esperar, pero como le gusta bailar y ahora hay música, no se va a ir. A las tres y media pasadas, se prenden las luces del escenario. Se acomoda la banda; el Oscuro, el Chueco, Cubilla... Empiezan a sonar los primeros acordes de “Déjala”. Aparece el Zurdo, y otro hombre, fornido y no muy alto, con un piluso, “zapatillas con resortes”, como dice Lucas, y con “un rallador” para tocar... Cuando levanta la cabeza todo el mundo lo distingue y lo ovaciona. Lucas dice que la gente estaba como loca, “es una masa pero cómo desafina ese hijo de puta”. Tevez canta tres temas y después baila y hace los coros, riéndose con sus amigos y bailando durante más de una hora mientras toca el rallador. Alguien del club le alcanzó a Tevez la camiseta de Defensores. Él, por supuesto, se la puso en el escenario. La gira seguía hasta Pergamino y Rojas.

Cuando termina el show, Tévez habla con Jota.

—No, es que a mí me gusta venir con los pibes ¿viste? Cada vez que puedo me escapo— dice.

Tévez le cuenta que “la otra vez” que la selección estaba concentrada con Basile, el reguetonero portorriqueño Don Omar tocaba en Buenos Aires. Recordemos que uno de los hits de Piolavago, del primer disco, es un cover de un tema suyo: “Pobre Diabla”. Tévez confiesa ahora que le dijo a su director técnico que había tenido un problema con la nena, y un compromiso familiar importante para que le de permiso para salir de la concentración. Lo logró. Así que pudo darse el gusto e ir derecho al estadio donde tocaba el reguetonero, cuenta Lucas.

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